'¡El mejor que haiga!', exigía el estraperlista ignorante y enriquecido. Y se llevaba un 'haiga', un coche americano ostentoso y dilapidador de combustible. Corrían los cincuenta, sobraba espacio para aparcar y ni se hablaba de eficiencia energética. Medio siglo despues, las prioridades se han invertido. Ni regalados, quisiéramos hoy aquellos enormes trastos que gastaban veinte o más litros cada cien kilómetros (...)