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Socioecólogo, Director general de ERF
13-02-2012
La inutilidad de la coherencia abstracta
Solo podemos construir la realidad en que soñamos a partir de la realidad que ya tenemos

Hacer, ensucia. Bastante. ¿Vieron nunca las manos de un alfarero? Ya cocida, la pieza despierta admiración, pero manufacturarla conlleva chapoteo y salpicaduras. El ceramista, duchado y peinado, la muestra orgulloso y recibe merecidos aplausos del entendido. Juzgar la obra a medido conformar o presentar a su autor sudoroso y en plena tarea no sería jugar limpio. Sin embargo, eso es justament lo que se hace con los constructores de la sostenibilidad real.

Los eclesiásticos célibes pontificando sobre la vida sexual de los demás dan risa. Una cierta intelligentsia académica juzgando campanudamente las conductas empresariales, también. Del torno salen piezas buenas, mediocres o malas; de la tertulia inconsistente, ninguna. Aún recuerdo las invectivas contra Pere Duran Farell por parte de quienes no sabían sino quejarse. La construcción de la realidad no debe gran cosa a los apologetas de la coherencia inactiva, impoluta de tan abstracta.

De la insostenibilidad del modelo socioeconómico imperante se percata cualquiera que saque cuentas. De la deshonestidad de sus demiurgos, también. Es fácil indignarse, casi inevitable. Pero, ¿qué hacer para construir alternativas realistas? Solo podemos construir la realidad en que soñamos a partir de la realidad en que vivimos, la evolución biológica ha demostrado hasta la saciedad que las revoluciones son evoluciones aceleradas. Así que para reemplazar al cuenco inservible hemos de hundir las manos en la única arcilla con que contamos.

Buda, Cristo o Mahoma eran humanos. Interesante. Los dioses ganan credibilidad al encarnarse, una lección para creyentes y agnósticos. Ese Olimpo de divinidades intelectuales que critica a los mecánicos sin apretar tuerca alguna se consagra más que nada a preservar el tesoro de su pretendida coherencia. No tiene mérito. Del torno parado no salen piezas defectuosas, claro. El alfarero acepta crítica y consejo, pero más aún agradece ayuda. Moldear, cuesta.

*Artículo publicado en El Periódico de Catalunya