Con el petróleo cayendo por debajo de los 90 dólares el barril y una economía global amenazada seriamente por el colapso de los bancos de inversión, ¿a quién le preocupa ahora la crisis del petróleo?
Si la crisis financiera internacional, como parece más probable cada día que pasa, desemboca en una recesión global, se espera que la demanda de petróleo y de la energía en general disminuyan. De hecho, existe una clara relación entre el PIB y el consumo de energía: a mayor crecimiento económico, mayor consumo energético. Si bien es cierto que en las últimas décadas y en los países industrializados esta relación se ha desacoplado, en términos globales y en magnitudes absolutas la relación se mantiene. Este desacople entre crecimiento económico y consumo energético tiene sus principales causas en el empleo de combustibles de mayor densidad energética, como el gas natural en substitución del carbón, y la deslocalización de la actividad económica: por ejemplo, el 28% del consumo total de China, así como el 34% de sus emisiones de CO2, hay que atribuirlos a la producción de bienes para la exportación.
Es probable entonces que de agravarse y extenderse la crisis incluso a los países que han experimentado un fuerte crecimiento económico en los últimos años (China, India o Brasil, entre otros), el consumo energético, y con este el consumo de petróleo, caiga, haciendo bajar, como ya está sucediendo, los precios. Desde el punto de vista convencional, es una buena noticia, ya que demuestra que la ley de la oferta y la demanda funciona, y de paso, con unos precios de la energía más bajos, disminuye el efecto inflacionario que el alza de estos precios causan en la economía en general.
Sin embargo la realidad es algo más compleja. Ya en 2006, la Agencia Internacional de la Energía (AIE), en su World Energy Outlook 2006, afirmaba que
"El futuro energético que estamos creando es insostenible. Si continuamos como antes, el suministro energético para satisfacer las necesidades de la economía mundial durante los próximos 25 años es demasiado vulnerable al fracaso debido a la falta de inversión, la catástrofe medioambiental o la repentina interrupción del suministro".
La situación del sistema energético global es precaria y necesita de una fuerte inversión para asegurar el suministro y evitar empeorar el cambio climático. Y una prolongada recesión económica global pondría en peligro las inversiones necesarias para tener un futuro energético sostenible.
En el mercado del petróleo se impondrá un nuevo equilibrio. Si la demanda cae muy por debajo de la capacidad de producción, los precios se mantendrán bajos (relativos a los máximos de 2008), pero históricamente caros. Pero dado que la capacidad de producción depende cada vez más de un barril marginal caro (petróleos de aguas ultraprofundas, petróleos no convencionales superpesados, etc), es posible que el deterioro económico afecte más a las inversiones energéticas de lo que la caída de la demanda pueda compensar, y eso significará que de nuevo la economía se vería afectada por los límites físicos al crecimiento impuestos por los recursos energéticos: una crisis energética subyacente en un escenario de depresión económica general, una peligrosa novedad respecto a anteriores periodos de decrecimiento económico forzado.